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Infancia Robada

Por Sandra Campos

Tras la partida de mi hijo, Diego Wendell, a los 24 años, por las crueles puertas del suicidio, aprendí a resignificar el dolor. Encontré un nuevo sentido a la vida ofreciendo lo que aún tengo de más valioso —mi tiempo, mi cariño y mi escucha— a personas desconocidas que me buscan cada día en busca de apoyo.

Pero, en medio de tantas historias, hay un eco constante e indignante: niños y adolescentes víctimas de abuso —cometido, muchas veces, por quienes deberían protegerlos. Padres, hermanos, tíos, padrastros, cuñados, primos… monstruos escondidos bajo el título de “familia”. Ellos destruyen vidas inocentes y dejan cicatrices que el tiempo no borra.

Quiero compartir la historia de Glórinha, una niña de apenas 11 años, del sertão. Llena de sueños, amaba sus simples muñecas de plástico, que llevaban el mismo amor que latía en su corazón puro.

Hubo un tiempo en que todo era ligero. El corazón no conocía la desconfianza, los ojos no sabían reconocer amenazas, y el alma caminaba libre —sin miedo a ser herida. Era el tiempo de las promesas creídas, de las sonrisas sinceras, de la dulzura de confiar sin exigir pruebas. Un tiempo en que el mundo aún parecía un lugar seguro. Esa inocencia vivía en los detalles: en el brillo de los ojos ante pequeños gestos, en la entrega espontánea, en la paz de quien aún no sabía que el mal podía tener un rostro conocido.

Era la fase de la pureza intacta —aquella que debería durar para siempre. Pero entonces, la ruptura. No fue solo un acto —fue una quiebra brutal de la seguridad, de la confianza y del alma. Fue alguien atravesando el cuerpo de una niña como si no tuviera dueño. Fue el “no” ignorado, el grito silenciado, la inocencia aplastada.

El abuso es sucio —no por quien lo sufre, sino por quien lo comete. Y, aun así, es la víctima quien se siente impura. Viene el asco, no hacia el agresor, sino hacia sí misma. El cuerpo parece contaminado, el espejo muestra una imagen manchada. El alma, antes ligera, ahora vive en cautiverio. Es como morir con el corazón todavía latiendo. Una muerte invisible. Un grito ahogado que resuena por dentro y nunca cesa.

Después de un abuso, no solo duele el cuerpo —duele la mente, duele el espíritu. La víctima empieza a dudar de sí misma. Siente culpa por algo que nunca fue su culpa. “¿Seré yo? ¿Hice algo mal?” —preguntas crueles que invaden sin permiso. La vergüenza domina. El contacto asusta. El cuerpo, que antes era hogar, se vuelve prisión. El silencio parece refugio —frío, pero seguro. Y las lágrimas caen en la oscuridad, lejos de cualquier testigo.

Hoy, Glórinha tiene 20 años. Lleva dentro un secreto que desgarra su alma. Cada vez que cruza la mirada con el monstruo que la violó —su propio primo—, vuelve el desesperamiento. Vive con depresión profunda, entre crisis de pánico y noches sin dormir. Pero sigue resistiendo, porque tiene una hermanita de 5 años —y ella dice: “No me quito la vida porque necesito protegerla… no quiero que lo mismo le pase a ella.”

Y la pregunta que no se va de la cabeza es: ¿Cuántas Glórinhas existen en Brasil, sufriendo en silencio, guardando un dolor que nadie debería conocer?

Mientras el silencio sea el refugio de estas voces, la infancia seguirá siendo robada —y la sociedad seguirá fallando en su deber más básico: proteger a sus niños.

Sandra Campos es conferencista y activista pro-vida. Instagram @sandracamposa_